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23 Ago 2016

LUISITO PIÉ: ESCLAVITUD EN REBELDÍA

Author: Narciso Isa Conde | Filed under: Tiro al Blanco

imagePor Narciso Isa Conde
En sublime rebeldía contra el coloniaje y el racismo.

Simbólica.

Hermosa.

500 años después de aquel horripilante e inolvidable tráfico humano con sus ancestros esclavizados, de las crueles tratas con aquellos corpulentos negros africanos capturados por soldados y mercaderes europeos…

Cinco siglos después de la emergencia del racismo anti-indio y anti-negro cultivado por conquistadores y colonizadores de piel blanca, almas turbias y bolsillos repletos de monedas.

200 años después de la heroica insurrección de sus tatarabuelos/as haitianos/as.

De la liberación de aquellos Pié intrépidos e insumisos.

De la revolución social antiesclavista que protagonizaron sus ascendientes en la parte Occidental de esta isla de ensueños y penurias, de alegrías y sufrimientos.

De la primera independencia dentro del original mosaico latino-caribeño de identidades culturales y nacionales, posteriormente aplastada por los modernos y posmodernos designios imperialistas… hasta arribar al trágico presente que estremece la sociedad haitiana.

El rostro de la rebeldía esclavizada y empobrecida burló nueva vez las cadenas del coloniaje.

Precisamente en Brasil, donde resulta inocultable una especie de Caribe suramericano protagonizado por una negritud pujante, cuyos gobernantes cínicamente han ordenado acompañar con unidades de su ejército a las tropas estadounidenses que ocupan la hermana República de Haití, la patria de sus progenitores, Luisito Pié elevó al cielo la bandera de su patria: la patria dominicana que las elites dominantes, conservadoras e hispanófilas, le quisieron negar.

Su fortalece espiritual, su reciedumbre corporal y su talento deportivo lograron derribar múltiples trabas clasistas, nefastas sentencias racistas, incontables discriminaciones y recias murallas de intolerancia que en su contra levantaron, con singular insolencia, los verdugos de su clase y de su piel negra y brillante, para bloquearle la ruta que conducía a una victoria colmada de un simbolismo muy especial.

De Bayaguana, Monte Plata, todavía con olor a batey y “melao”, condenado junto a los suyos por su ascendencia haitiana y su solemne pobreza, con la sentencia nazi-racista del Tribunal Constitucional a cuesta y el rosario de abusos de la Junta Central Electoral en las costillas, este joven dominico-haitiano, portador de numerosos galardones nacionales y regionales, pudo finalmente saltar a las Olimpíadas de Río Janeiro y traernos una medalla olímpica.

No es común -no puede serlo por la terribles adversidades que lo impiden- que desde la esclavitud moderna, emerjan seres con el vigor y las cualidades que les posibiliten -aun partiendo de la nada y en momentos tan angustiosos- alcanzar victorias como esa, rodeadas de circunstancias que han concurrido para simbolizar el triunfo de los/as excluidos/as contra sus discriminadores.

No es común ese fenómeno -menos aun generalizado- pero siempre la opresión tiene su contrapartida persistente capaz de proyectar los nuevos liderazgos, la pertinencia de la resistencia y la validez del proyecto emancipador. El fantasma de Guarocuya, como el de Lemba, Jacque Viaux y Charlemagne Peralte, brota y rebrota. Son inmortales y se las pasan inquietando al nuevo colonizador, a veces solo con señales sublimizadas como ésta.

A Luisito Pié, por cosas del azar, le tocó vencer a un joven atleta español de piel blanca, como si en una época de exacerbación del racismo y la xenofobia, desde un capitalismo imperialista enfermo y decadente, a la humanidad le resultara imperioso proyectar desde sus tribunas mas expectantes, hechos que demuestren que no hay ni clases inferiores ni “razas” superiores; con especial enfoque hacia una islita de singular belleza y méritos históricos como para ser declarada territorio libre escarnios racistas y clasistas.

Gratitud eterna a Luisito por ese esfuerzo extraordinario y oportuno.

Jamás habrá de borrarse del imaginario de los pueblos dominicano y haitiano su blanca sonrisa en el centro de su brillante rostro negro-azul, con la bandera dominicana levitando suavemente, sostenida por las sutiles ondas del inmenso orgullo que brotaba de su ser y de su colectividad oprimida. ¡Triunfó una calidad construida a contracorriente del poder, siempre de la mano del reclamo de justicia e igualdad de derechos!

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