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14 Jul 2016

A PROPÓSITO DEL ARTÍCULO DE GABRIEL ANGEL (militante de FARC):

Author: Narciso Isa Conde | Filed under: Tiro al Blanco
“Las vías para la revolución y el socialismo aún siguen siendo exploradas”*image

 

Por Narciso Isa Conde

I

Vamos por parte:

Las primeras páginas del artículo Gabriel Ángel están dedicadas a caricaturizar las críticas al reciente “Acuerdo sobre cese bilateral al fuego y hostilidades, definitivo, incluida la y dejación y entrega unilateral de armas de la insurgencia, concertado recientemente entre la FARC-EP y el Gobierno Colombiano; presentándolas todas como uniformemente dogmáticas, sustentándolas en el llamado “museo de la vieja palabra”, en el lenguaje propio de una izquierda seudo-marxista, stalinista, escolástica, repetidora de simplificaciones y reducciones de procesos complejos; rebatidas por momentos con un lenguaje sobrecargado de un estilo irónico-burlesco sumamente burdo.

Gabriel salió a matar todo tipo de animales con la misma escopeta y previamente los imaginó a todos iguales, algo muy propio de un pensamiento intolerante. Consideró adecuado meter a todos los críticos del desarme y la desmovilización guerrillera en el mismo saco, aunque fueran de diferentes volúmenes, calidades y ropajes.

A todos los que diferimos de ese anuncio y de los contenidos de los documentos publicados en esa ocasión, nos puso el mismo rostro, el mismo cuerpo, el mismo traje y el mismo pensamiento; todos dibujados y confeccionados por él… de manera tal que luego le resultara cómodo descalificarnos por feos, rígidos, desfasados, burdos, grotescos y ultra-radicales.

No permitió que ellos se presentaran, ni los presentó, con su diversidad de argumentos.

No citó ninguno de sus artículos o documentos críticos.

Los invisibilizó para uniformizarlos.

Suplantó lo real incómodo por una construcción virtual uniforme, fácil de rebatir.

En nuestro caso y en el de las fuerzas y movimientos que hemos protagonizados intensas, riesgosas y prolongadas relaciones bilaterales con las FARC-EP y compartido la construcción de espacios unitarios como la COORDINADORA CONTINENTAL BOLIVARIANA-CCB y el MOVIMIENTO CONTINENTAL BOLIVARIANO-CCB, la verdad es que no tenemos nada en común con la descripción que hace Gabriel Ángel calificándonos como la “izquierda más radical”, atribuyéndonos toda suerte de dogmas y disparates doctrinarios.

En verdad el autor de estos comentarios y los/as camaradas de la tendencia comunista que hemos representado a escala nacional, continental y mundial desde que nos constituimos como Partido Comunista Dominicano-PCD, proclamándonos partidarios de un marxismo creador e independientes de los centros hegemónico, nunca hemos asumido esas vulgarizaciones del socialismo científico, útiles en este caso para estigmatizarnos sin fundamento.

Y no es que nos disguste lo de “radicales”, calificativo que podemos compartir con todos/as aquellos/as revolucionarios/as que procuramos ir a la raíz de los problemas para subvertir un capitalismo decadente, destructivo y senil bajo el mando del lumpen imperialismo estadounidense y sus lúmpenes burguesías dependientes. Un capitalismo, que como el caimito -aun podrido- no cae solo, ni por la vía de un simple asalto al Estado; sino golpeando a fondo su modalidad neoliberal, fomentando insubordinaciones locales y globales, creando conciencia y forjando organización.

Que nos esforzamos en confrontar el capitalismo actual, que pese a su multi-crisis crónica, solo se supera construyendo poder paralelo integral, poder popular; desarrollando contrapoder no simplemente obrero-campesino, sino popular y con la diversidad excluida; uniendo a una gran variedad de actores sociales y políticos del cambio, buscando vías de aproximación hacia la ruptura y el desmonte del Estado de la clase dominante-gobernante, continentalizando e internacionalizando las luchas populares, combinando todos los métodos de lucha sin renunciar a ninguno.

Sí, como en mayor y mejor medida que nosotros/as lo ha hecho hasta ahora la FARC-EP a lo largo de su ejemplar historia de combate y construcción de poder paralelo; lo que determinó entre nuestras organizaciones enormes coincidencias a lo largo y ancho de esa historia de firmezas que el propio Gabriel Ángel relata, sin lograr en su caso vencer la tentación de usarla para algo que carece de utilidad: justificar el desarme y la total desmovilización guerrillera, que no es igual a participar en los diálogos de paz y a defender una propuesta de salida política al conflicto armado que apunte hacia la construcción de una nueva Colombia.

Gabriel nos conoce. Gabriel no lo hace por ignorancia, porque los dirigentes farianos saben nuestra manera de pensar y actuar, conocen nuestras ideas y trayectorias expuestas en documentos, libros, ensayos, entrevistas, intervenciones publicaciones… escrita con sangre y refrendadas por hechos.

Si no lo ha leído, lo invitó a ponerle atención a mi libro REARMADO LA UTOPÍA.-DEL NEOLIBERALISMO GLOBAL AL NUEVO SOCIALISMO MUNDIAL, donde podrá constatar, que todo lo que en general y de manera calculada le atribuye a la minoritaria porción dogmática de los críticos del desarme, no es atribuible a nosotros/as ni a las demás organizaciones y personas que hemos compartido sin fisuras, desde la Presidencia Colectiva y el Ejecutivo de la CCB y el MCB, así como bilateralmente, una larga trayectoria de riesgos y coincidencias fundamentales, tanto en el curso de la guerra como durante los diálogos de paz de la Habana… hasta este momento de lamentable disenso en el punto de la dejación y entrega de armas.

Las posiciones que sustentamos ahora no son diferentes a las que expusimos pública y privadamente antes de la firma de ese acuerdo específico. Y la verdad es que ni Gabriel Ángel, ni ningún otro militante o dirigente de las FARC-EP, objetaron que lo hiciéramos, si no que por el contrario todo parecía indicar que se trataba de una orientación común en el enfrentamiento con las derechas y las izquierdas moderadas que insistían en el desarme y la desmovilización, presionando en ese sentido a la dirección fariana.

Gabriel Ángel, por demás, conociéndonos, ha recurrido a un ataque desconsiderado. Apeló sin rubor a la descalificación, a la estigmatización y al maltrato sin fundamento de quienes asumimos sin vacilación la condición de aliados estratégicos de las FARC en la lucha por la Patria Grande y el Socialismo frente a los enemigos jurados de nuestros pueblos y de cara a aquellas izquierdas, que al renunciar a la revolución y abrazar diferentes variantes del reformismo y de las corrientes posibilistas (incluido el social pendejismo), se empeñaron en excluirnos de sus foros.

II

Pero pasemos a la segunda parte de estos comentarios. La más importante de las dos.

No somos de los que abordamos estas diferencias atribuyéndole traición, rendición o capitulación a las FARC-EP. Tampoco incurrimos en la ligereza de acusarla de renunciar a la revolución y al socialismo, de virar hacia la socialdemocracia, de asumir una concepción reformista. Valoramos demasiado la trayectoria revolucionaria de esa organización político-militar para proceder de esa manera.

Hemos preferido tratar en concreto, desde nuestras convicciones y apreciaciones, el contenido específico, el significado y los impactos de lo acordado con el Gobierno colombiano en el punto de la agenda que motivó esta importante diferencia; procurando ser coherente con todo lo externado previamente por nosotros/a y con lo expresado por el camarada Manuel Marulanda, asumido como lineamiento estratégico por todos los órganos de dirección de la FARC-EP, de acuerdo a esta declaración que desde entonces compartimos:

De acuerdo con la experiencia que hemos acumulado a lo largo de 40 años de lucha, para resolver los problemas sociales de este país se requiere de la presencia de las FARC. Nosotros haremos un acuerdo en algún momento, pero nuestras armas tienen que ser la garantía de que aquí se va a cumplir lo acordado. En el momento en que desaparezcan las armas, el acuerdo se puede derrumbar. Ese es un tema estratégico que no vamos a discutir”. (Manuel Maruranda Vélez, 6 de septiembre del año 1998, periódico Clarín de Argentina, reportaje del periodista Pablo Biffi).

Un planteo de larga visión estratégica, que conserva toda su vigencia.

(Ojala que no se le vaya a ocurrir ahora a Gabriel calificar al camarada Manuel de ultra-radical o ultraizquierdista, trasladándole retroactivamente el estigma empleado recientemente contra nosotros/as).

Nuestras ideas al respecto están contenidas en tres artículos personales y en una declaración institucional del Movimiento Caamañista-MC: ¿Quiénes se quedan con las armas en Colombia?, IMPACTO NACIONAL Y CONTINENTAL DEL DESARME DE LAS FARC-EP, ¿DESARME DE LAS FARC-EP?: REFLEXIÓN SENCILLA Y CONTUNDENTE, y en el COMUNICADO DEL MOVIMIENTO CAAMAÑISTA-MC; textos en los que se expresan argumentaciones obviadas conscientemente por el camarada Gabriel.

Respecto al artículo del referido camarada emplearé el mismo método: no lo voy a ubicar previamente en tal o cual corriente de las izquierdas, no lo voy a etiquetar, mucho menos a estigmatizar. No voy a hacer lo que su autor hizo. Evitaré caer en la trampa de las descalificaciones “a priori” y me esforzaré en abordarlo concretamente por lo que se expresa conceptualmente y políticamente en ese texto que incluso reproducimos íntegramente al final de esta entrega, dado que independientemente de apoyarse que en falsos supuestos que rebatirlos, en los argumentos empleados a lo largo del mismo su autor devela sus íntimas convicciones.

– La vía de la revolución es la suma y confluencia de una variedad de formas y métodos de lucha que en un determinado periodo posibiliten abolir los poderes estatales y no estatales, temporales y permanentes, sometidos o no al sufragio, económicos, culturales, mediáticos-ideológicos… bajo control y al servicio del bloque social y político dominante, de la burguesía transnacional y local y de la partidocracia que los detentan.

La diversidad de métodos que concomitantemente posibiliten transformar las sociedades capitalistas en sus niveles y expresiones concretas y transitar al socialismo entendido no simplemente como poder estatal, sino como socialización de la economía y la propiedad, como poder popular y como proyecto hacia una sociedad sin Estado.

En términos generales esa vía no está “en exploración” porque no obedece a patrón alguno y porque no se reduce a la disputa del Estado como erróneamente plantea Gabriel.

Lo que si siempre ha estado sujeto a exploraciones son las vías para la ruptura y reemplazo del Estado constituido, concebido el nuevo Estado como un factor pasajero, propio de una transición que permita expropiar a los expropiadores e instrumentar los primeros cambios estructurales; y siempre sujeto, para crear verdadero socialismo y sociedad comunista, a un progresivo proceso de extinción. Es lo que alguno erróneamente denominan “toma del poder”, obviando la construcción de poder social y político en la sociedad civil; “toma” históricamente signada por diversos grados de violencia insurgente.

Se han ejercido para eso diversas formas de violencia armada y no armada en función del grado y las modalidades de violencia estatal y para-estatal de los dominadores.

Se discuten diversas modalidades de ruptura y desmantelamiento, siempre en relación con naturaleza de los poderes represivos locales y transnacionales que operan en cada nación, región y universo.

Esas vías, siempre destinadas a hacer colapsar el viejo Estado y a crear instituciones nuevas junto al poder y al control social de las fuerzas del trabajo; siempre destinadas a derrotar el dominio de gran capital y de la gran propiedad privada, aunque tan variadas como son las insubordinaciones y el ingenio de los/as oprimidos/as, explotados/as y excluidos/as.

Ellas ni se decretan ni se copian, pero mucho menos se pueden reducir a aceptar el monopolio de las armas a cargo de los dominadores, a alcanzar el respaldo mayoritario por la vía legal y al largo camino a través de las instituciones establecidas, procurando reformarlas; como parece ser la médula de la apuesta de Gabriel Ángel, en la cual llega al colmo de identificar al “político victorioso” como “aquel que consigue un número aplastante de seguidores”.

– Esa frase devela cuanto ha influido la concepción individualista, el caudillismo político, en la concepción que sobre el respaldo de mayorías sustenta el autor del referido artículo, sin que necesariamente ese sea un criterio unánime en el seno de la organización que representa.

Habla de lo victorioso o triunfante en la política como sinónimo del éxito personal, refiriéndolo exclusivamente a un “respaldo aplastante” que no se identifica con calidades frente a situaciones impugnables, ni con construcciones colectivas de determinadas clases y sectores alternativos, ni con la REVOLUCIÓN como imposición de una fuerza social sobre otra, ni a cambios sustanciales en la hegemonía cultural en una sociedad determinada.

Tampoco identifica los medios para alcanzar ese objetivo y al parecer -según las deducciones y valoraciones externadas- eso solo se podría lograr en lo adelante ejerciendo la legalidad dentro del sistema imperante; refiriéndolo indirectamente a lo electoral, por demás muchas veces viciado.

En este caso, esa lógica endeble le atribuye más posibilidad de lograr una popularidad a su entender hasta ahora no obtenida, al abandono de las armas y a ciertas garantías y grados de democratización todavía solo contemplados en el papel y dependiente de la buena voluntad de un Estado no confiable; un Estado, por demás, intacto en sus estructuras y vocación criminal-represiva, bajo tutela e intervenido por un imperialismo pentagonizado en mayor grado que antes.

Otra ruta –según el autor de ese artículo- equivale a sugerirle a la FARC (organización que a lo largo de medio siglo nunca pasó factura por su capacidad para sobrevivir y crecer autónomamente) sacrificarse más y exponerse a una inmolación innecesaria, por recomendación caprichosa de unos “ultraizquierdistas” irresponsables que paradójicamente siempre le acompañamos sin recibir ese tipo de reproches.

Esta es, lamentablemente, una manera de sobre-estimar y despreciar el poder político-militar constituido por las FARC-EP, el respaldo de importantes componentes de la mayoría oprimida generado con el ejercicio de la insurgencia armada y su significativa capacidad disuasiva en ese plano de la lucha de clases; en el contexto de la hegemonía de un bloque dominante de factura transnacional y local súper-armado, curtido en el ejercicio de la violencia para retener y reciclar su poder sin omitir las mayores crueldades.

No voy a atribuirle esa manera de pensar, ajena para mi hasta hace poco a la esencia de las FARC-EP, al conjunto de esa fuerza insurgente portadora de méritos invaluables en materia de subversión revolucionaria. Menos aun –reitero- me voy a sumar al coro irresponsable que de sopetón la acusa de traición o de asumir un viraje irreversible hacia el reformismo o la social-democratización.

Hacerlo sería tan burdo y desconsiderado como la modalidad empleada por Gabriel Ángel para intentar descalificar a todos los críticos de ese desarme, que ciertamente no equivale a renunciar a los esfuerzos por una paz digna, con justicia social, democracia real y soberanía.

Pero no puedo, a la luz de lo expresado por él, dejar de establecer su responsabilidad conceptual y política respecto a sus propias expresiones, que a mi modo de ver tenderían a configurar una ruta que debilitaría la necesaria subversión revolucionaria del orden capitalista-imperialista dominante y le otorgaría preferencia a una incierta vía de reformas que postergaría indefinidamente las transformaciones estructurales, independientemente de los medios y métodos que se empleen en diversas fases y periodos.

Un extenso mar de confusiones desordenadas y superpuestas se expresa en el texto comentado.

– Es falso, por ejemplo, que el tema de las revoluciones sociales haya sido inaugurado en 1917 por la Revolución Bolchevique, con el simple preámbulo de la Comuna de París. Es también erróneo afirmar que ese trascendente acontecimiento sea el patrón inmutable que esgrimimos todos/as los/as que hemos criticado la firma de ese acuerdo de dejación y entrega de armas por el Secretariado de las FARC-EP, incluido en él el plazo de 180 días y el acorralamiento previo de sus tropas guerrilleras en territorios predeterminados, lo que a mi entender equivale a desistir de la victoria lograda a lo largo de 50 años en materia de superación del monopolio de las armas a cargo del Estado, las derechas y los interventores.

Las revoluciones sociales son inseparables de la milenaria historia de la lucha de clases y el “talante científico” en el pensamiento revolucionario no se lo otorgaron Lénin y los bolcheviques, sino Marx y Engels; quienes, por demás, concluyeron en que las revoluciones anticapitalistas, para ser auténticas, requieren abolir –no importan los medios o métodos a emplear- el viejo Estado desde la rebeldía consciente del la clase explotada.

– El estallido de la crisis capitalista en el 2008 en los EEUUU no contrarió esencialmente el pensamiento de los clásicos del socialismo científico en ese tema crucial por el hecho de que entonces no se haya quebrado el sistema de dominación imperante; dado que desde su origen, en sus esfuerzos reflexivos, ellos siempre hicieron suya la apreciación de que las revoluciones socialistas no brotaban espontáneamente de las crisis, sino que debían ser el resultado de un gran despliegue de conciencia y organización en el contexto de las mismas.

Las crisis del capitalismo -incluidas esa elevada expresión de la misma en el centro del sistema, y todas las manifestaciones que le han sucedido en los países centrales y periféricos- tienen en común el signo de la decadencia y senilidad del sistema junto al caos y los procesos destructivos que generan los esfuerzos de salvación de sus elites especuladoras, guerreristas y mafiosas.

Pero esas crisis de por sí no paren revoluciones anticapitalistas ni socialismo… si no se conforman las fuerzas transformadoras capaces de articular rebeldías y construir propuestas alternativas con fuerte sustentación en el pueblo trabajador. Lo jodido en este caso es hacer concesiones que debilitan una fuerza que reúne esas condiciones.

A esa realidad mundial no es ajena Colombia ni a nuestra América.

Pero además el camarada Gabriel Ángel exhibe una enorme confusión adicional respecto al impacto de la crisis sistémica de capitalismo en esa sociedad y en el mundo, a las oportunidades que genera, como también respecto a las causas y repercusiones del colapso del llamado socialismo real, a los flujos y reflujos de las luchas populares y a las oleadas de rebeldías y cambios políticos.

– La depresión que en su momento provocó el derrumbe de la URSS y de los modelos-estatistas-burocráticos de Europa Oriental fue sensiblemente contrarrestada, primero por la resistencia de los pueblos contra el capitalismo endurecido a lo neo-liberal y luego por la oleada de insubordinaciones político-sociales en procura de gobiernos soberanos, democráticos y socialmente sensibles, impregnados de una vocación más o menos reformadora y en algunos casos con definida vocación antiimperialista y revolucionaria, posteriormente incumplidas.

En nuestro Continente esa ola estuvo precedida de otras tres ocurridas en el periodo previo al derrumbe de la URSS : 1) la que inició la revolución cubana y continuó el abril dominicano y numerosas incursiones guerrilleras, 2) la que después del descenso de la primera se desplegó en Centroamérica (Nicaragua, El Salvador, Guatemala…), y 3) la que tuvo su epicentro en el Cono Sur con el destacado triunfo de la Unidad Popular en Chile; lo que indica una dinámica vinculada a ese cambio de época.

La oleada actual, la cuarta en las últimas siete décadas -ahora en riesgo de declinación- tuvo su vórtice en el Norte de Suramérica con una intensa dinámica hacia el SUR y el CENTRO del Continente, con un fuerte impacto expansivo del proceso bolivariano seguido del ecuatoriano y el boliviano, empalmando con la hazaña de sobrevivencia de la revolución cubana; lo que indica capacidad de sobreponerse al cataclismo soviético y de mostrar músculos propios.

– En Europa, la primera gran ola del siglo XX precedió a la revolución bolchevique y se expandió con ella y sus estímulos revolucionarios.

Los flujos y reflujos, no se han limitado, pues, a la existencia de la URSS y a su derrumbe.

Es falso que luego de ese derrumbe hasta el presente todo haya sido reflujo, “desbandada de las izquierdas” y fortaleza insolente del imperialismo; lo que supuestamente obliga al repliegue y a pactos desmovilizadores de las insurgencias armadas. Las FARC-EP de los últimos 25 años son la mejor muestra de ese desatino gabrielano.

Parece ser un recurso polémico inventado para deprimir desde el interior de las izquierdas revolucionarias la pertinencia de la continuidad ascendente de una de las puntas dinámicas del oleaje insurgente, de gran valor continental: las FARC-EP.

Un recuso polémico con el que se intenta justificar la desmovilización militar de un factor revolucionario llamado a estimular –junto a las nuevas rebeldías populares generadas por los intentos de retroceso e imposición contra-revolucionaria y contra-reformadora- una dinámica político-social transformadora seriamente afectada por los fracasos del progresismo y los estancamientos productos de indecisiones, degradaciones y re-culamientos injustificables de gobiernos y Estado que encarnaron anhelos de cambios y ahora facilitan con sus inconsecuencias los perversos contra-ataques desestabilizadores del imperialismo y las derechas y sus golpes institucionales retardatarios.

– Eso explica que Gabriel Ángel se aferre, sin el menor espíritu crítico revolucionario, a los ejemplos de las deficitarias conducciones estatales de Venezuela, Argentina, Chile, Brasil, Paraguay, El Salvador… que si bien tienen méritos propios en esta cuarta oleada, representan también variados déficits propios que han provocado significativos niveles de vulnerabilidad frente a la estrategia imperial y al capitalismo voraz.

– La revolución y el socialismo no son consignas que se llevan y se traen, que se asumen y se deponen por etapas. Son procesos revolucionarios a impulsar, en los que tácticas y estrategias van de la mano.

Separarlas en tiempo y etapas, y ausentarlas de las luchas inmediatas, conduce siempre a dejarse entrampar por el sistema, a circunscribirse a tratar de reformarlo; siendo ya cada vez más imposible, por las características de la crisis que lo estremece y de las fuerzas que lo controlan, mejorarlo dentro su propia institucionalidad.

Si algo se evidenció en el curso de esta oleada de cambios políticos y sociales, en el trascurrir de esta efervescencia inconclusa pero seriamente entorpecida, es que la declinación del progresismo y los procesos de reformas, tienen su causa fundamental no solo en la fuerza obvia de la contra-revolución imperialista, sino además en la falta de determinación política en sus fuerzas conductoras para profundizarlos en dirección anticapitalista y socialista, a pesar de ciertas proclamas y discursos afines a esas metas.

Esa lección es válida históricamente incluso para las transiciones revolucionarias del pasado y del presente siglo, frenadas y deformadas por la hipertrofia del Estado y sus burocracias, afectadas por el freno a la socialización a favor de lo estatal y del verticalismo infecundo. Es válida para la heroica Cuba, tema enfocado por Gabriel con gran ligereza y evidente complacencia respecto a riesgos evidentes.

Porque si Cuba, en el marco de la distensión temporal con EEUU, no se decide por la socialización de lo estatal, por contener el avance del capital privado criollo y transnacional y por reemplazar el poder del Estado por el poder del pueblo organizado, el capitalismo y el Estado burocrático se tragarán el proceso como en China y el imperialismo tendrá más facilidades para mediatizar su soberanía.

– La reconciliación en procesos como el colombiano es válida dentro del sujeto popular y las fuerzas patrióticas, dentro del conjunto que anidó diferencias en torno a las formas y métodos de lucha, incluida las relativas a la pertinencia o no de de la insurgencia armada, escenificadas al interior de las fuerzas que han enfrentado a la clase dominante-gobernante y su perverso terrorismo de Estado.

Pero no debería hablarse de reconciliación con ese poder criminal, putrefacto, empobrecedor. Con sus cúpulas empresariales, militares, policiales, para-militares, narco-delincuentes. El “odiado imperialismo” y la “malvada oligarquía”, tengan o no capacidad para alienar o enajenar amplios sectores populares y medios, siempre deben ser merecedores de nuestras justas rebeldías, sea o no ejercida con “disparos” silenciosos o “ruidosos”.

Lo que no debería aplaudirse es que en estos diálogos de paz, bien llevados por la delegación de las FARC-EP hasta que se decidiera aceptar el desarme en los términos establecidos por ambas partes, desconociendo de paso la trascendencia de una conquista en la relación de poder que logró impedir el monopolio de las armadas a cargo del Estado y las derechas.

Peor aun cuando antes del Acuerdo Final se renuncia a la Constituyente Soberana, postergando indefinidamente los necesarios cambios constitucionales e institucionales a favor de la democracia real y la soberanía nacional.

Todo a mi entender iba bastante bien hasta el instante en que se aceptó ese tipo de Acuerdo de Cese al Fuego y Hostilidades Bilateral y esos compromisos de desarme unilateral de FARC-EP, algo que coincidiendo con su dirección en muchas oportunidades supimos objetar con la debida anticipación y firmeza.

Y luego de ese golpe no esperado, lo más preocupante de todo esto son los argumentos externados en el artículo de Gabriel Ángel para intentar justificar esos compromisos.

Porque de predominar esa visión, los daños a un proceso de paz con justicia social, democracia real y soberanía, y a la necesidad de acelerar y ampliar las nuevas rebeldías nacionales y continentales, serían posiblemente de mucha envergadura y prolongados efectos, y la afectación de la fuerza de vanguardia que ha representado la FARC-EP se traduciría en deterioros significativos para las fuerzas de la revolución y el socialismo en ese país hermano, en la región y en el mundo.

Ojala que una mínima dosis de sensatez logre frenar ese curso fatal, detener la intolerancia que resuma y debatir a profundidad las consecuencias negativas que ya asoman y estimulan al régimen a accionar de manera artera.

Y lo decimos desde una militancia internacionalista a la que sería sencillamente pérfido atribuirle intención de empujar a la inmolación material a una fuerza revolucionaria que ha merecido todo nuestro apoyo y entrega en los tiempos buenos y malos, o acusarnos de apostar a erigirle un monumento a su exterminio, como insinúa el camarada Gabriel sin fundamento alguno.

Queremos unas FARC victoriosa junto a nuestros pueblos, nunca aniquilada por los ejércitos enemigos y las 7 bases militares gringas. Tampoco debilitada y degradada por las erosiones que le podrían provocar el dejarse entrampar por el sistema y el permitir que sea infectada por ciertos conceptos y análisis de evidente matriz social-reformista que todavía no toca fondo en las izquierdas mundiales.

11-07-2016, Santo Domingo, RD.

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*Las vías para la revolución y el socialismo aún siguen siendo exploradas

Escrito por  Gabriel Angel

La paz, la democracia y la justicia social no son propiamente consignas de revolución y socialismo, pero la historia enseña que las luchas de los pueblos jamás se detienen.


En un intento extremadamente sintético, dadas las limitaciones de este espacio, podríamos reunir en fórmulas sencillas las principales críticas que desde la izquierda más radical se lanzan contra el proceso de paz de La Habana y contra las mismas FARC, en la idea de ubicar su grado de validez y pertinencia. Al parecer, para algunos sectores, hemos pasado de ser los adalides de la insurgencia armada y la revolución violenta,  a simples socialdemócratas reformistas y traidores.

Empecemos por su apreciación general del mundo y la lucha de clases. En su criterio aquél se halla dividido en dos grandes bandos claramente distinguibles, el imperialismo y sus lacayos por un lado, y por el otro los pueblos en pie de lucha por la materialización de la revolución y el socialismo. Si estos últimos no han sido capaces de triunfar, ha sido fundamentalmente porque no han aplicado la línea correcta trazada por el marxismo leninismo.

O porque se han desviado de ella luego de haber coronado la toma del poder. La línea es clara, la revolución es un choque violento promovido por una vanguardia obrero campesina que arrebata el poder a la clase capitalista mediante una insurrección armada. Esta última es producto de la maduración de condiciones objetivas y subjetivas. Las primeras son un hecho tangible en todas las sociedades actuales, las segundas patrimonio de los más fieles seguidores del marxismo.

Éste último se halla revelado en las obras de Carlos Marx, Federico Engels y Vladimir Lenin, y comprende un conjunto de principios inmutables que deben ser aplicados sin variación alguna. El capitalismo es un sistema decadente que está a punto de derrumbarse y por lo tanto su caída depende tan solo de la audacia y consecuencia del partido de vanguardia. La revolución ha estado siempre a la vuelta de la esquina y sólo la han impedido las direcciones vacilantes.

Estas son las que dudan de la disposición permanente de las masas para lanzarse a la batalla definitiva, las que neciamente conciben vías distintas al alzamiento armado, las que inventan diversas etapas para acceder al socialismo, las que imaginan que pueden conquistarse espacios democráticos en el mundo del capital, las que confían ingenuamente en que el imperialismo y la burguesía van a compartir de algún modo su Estado con las clases explotadas.

Las que en lugar de ponerse al frente de la insurrección por la que claman en coro los oprimidos, se inclinan por conversar y pactar fórmulas de convivencia con las clases dominantes. Las que se atreven a concebir absurdas reconciliaciones entre explotadores y explotados, las que incluso en aras de esa alucinación son capaces de disolver un ejército revolucionario a punto de triunfar, las que firman acuerdos de paz en lugar de llevar la guerra hasta las últimas consecuencias.

El ejemplo perfecto, la guía que todo movimiento revolucionario debe seguir, se halla en la revolución bolchevique de 1917. Fue mediante un levantamiento armado que el pueblo ruso sepultó al zarismo en febrero de ese año, imponiendo un breve período republicano en el que los soviets compartieron el poder con la burguesía, para hacerse definitivamente a todo el poder por medio de otra insurrección en el mes de octubre. Aprendan cómo se hace, pontifican los críticos.

Así que soberanamente avergonzados y agradecidos, las FARC debemos mandar la Mesa de Conversaciones y los acuerdos firmados al diablo, para pasar a hacer un llamado al levantamiento general de la población, al tiempo que regresamos al combate con la disposición total de cumplir de una vez por todas con nuestro plan estratégico. La gente está lista en Colombia para salir a bloquear carreteras y ciudades, para asaltar el poder local, para el triunfo revolucionario.

Y si por una desgracia o por obra de algún albur llegásemos a ser vencidos en el intento, habríamos perecido como los grandes, en el campo de batalla, convertidos en los héroes de las generaciones futuras, y por tanto en los inspiradores del triunfo final que se producirá inevitablemente, como consecuencia de las enseñanzas que nuestro sacrifico deparará para quienes se lanzarán entusiasmados a recoger nuestras banderas.

Eso sí sería comportarse como auténticos revolucionarios, la prueba irrefutable de nuestra fidelidad a la línea, la reafirmación con nuestra sangre de su justeza y validez absoluta. Los que ahora nos critican serían los primeros en salir a proclamarlo en sus columnas por la web, los encargados de levantar los monumentos en nuestra memoria, los que se pondrían firmes y lívidos cada vez que consagren antes de sus reuniones el minuto de silencio en nuestro honor.

Con todo el respeto que puedan merecer esos críticos tenemos que decirles que están profundamente equivocados. La revolución, al igual que cualquier otra actividad humana vinculada a la disputa por del poder del Estado, es fundamentalmente y antes que nada un hecho político. Y la política no consiste en otra cosa que en ganar el respaldo de otros para la propia propuesta. Político victorioso es aquel que consigue un número aplastante de seguidores.

Por ende sólo será triunfante una revolución, cuando las grandes masas no figuren en la mente de los elaboradores de sueños sino en la realidad de la lucha. Podrá decirse todo cuanto se quiera del odiado imperialismo y la malvada burguesía, pero mientras cuenten con la aquiescencia de unas mayorías que, por la razón que sea, prefieran acogerse a su sombra en lugar de combatirlos, por fuerte que griten los rebeldes o por ruidosos que sean sus disparos, será imposible vencerlos.

Porque además, y sólo un fanático podría negarlo, cuentan con enormes aparatos militares y represivos que no vacilan en usar, sujetan las riendas de la educación formal y son dueños de los grandes medios de comunicación dedicados a moldear la opinión de la gente. Como si fuera poco, son propietarios del conocimiento científico y tecnológico, y en virtud de todo lo anterior son capaces de imponer una hegemonía cultural que atrapa y manosea las conciencias.

Consideramos superado el viejo debate sobre el dogma marxista. Para todos es claro que como valiosa fuente del conocimiento económico y social, su invalorable herencia dialéctica impone considerarlo como una guía y no como un decálogo de mandamientos. Abraham Lincoln gustaba de repetir que una brújula nos señalaba donde estaba el norte y la dirección que queríamos seguir, pero no nos mostraba los abismos, los desiertos, ni los lodazales del camino.

Es el análisis concreto de la realidad concreta el que nos indica cuándo debemos dar un rodeo, cuando es conveniente elevar un puente primero, cuando es mejor esperar que pase la creciente antes de lanzarse al río. Seguir invariablemente en línea recta hacia adelante, por muy correcto que sea el azimut, muy fácilmente conduce a perecer en el intento. Con el perdón de nuestros críticos, más de medio siglo como guerrilleros nos ha enseñado algo de eso.

En política nunca será suficiente considerar que la razón está del lado propio, por más que sea eso lo que nos impulsa a seguir adelante. Siempre se necesitará el apoyo masivo de otros y ese no se produce por generación espontánea. Menos en las desiguales condiciones en que el movimiento popular enfrenta el poder de las clases dominantes. Ganar éste impone crear las condiciones que permitan llegar a la gente, hablarle, crearle conciencia, organizarla y movilizarla.

En 1917, salvo la trágica experiencia de la Comuna de París, ni las clases dominantes ni las oprimidas tenían un conocimiento cierto de cómo se realizaba una revolución. Pero a partir de la llegada al poder de los bolcheviques y la difusión mundial de sus ideas y planteamientos, la cuestión adquirió incluso un talante científico. Mientras los de abajo obtuvieron un ejemplo formidable a seguir, los de arriba tuvieron claro qué debían hacer para aplastarla.

Las condiciones específicas de la Rusia zarista fueron juiciosamente estudiadas por Lenin para concebir su táctica, basándose en experiencias pasadas, como la de la revolución francesa, pero diseñando su propia línea de acción, creándola, no copiando mecánicamente otras. Todas las revoluciones socialistas que triunfaron después tendrían ese referente, pero ninguna fue su repetición o calco. Sólo lograrían sostenerse con el tiempo las verdaderamente auténticas.

Es decir, las sostenidas por la fuerza de las masas populares conscientes y organizadas. Si la revolución cubana no se vino al suelo tras el desastre que implicó para su economía y su nivel social la desaparición de la Unión Soviética, fue por el extraordinario apoyo que consiguió Fidel de la inmensa mayoría del pueblo cubano. Y sólo este impresionante apoyo explica por qué ni siquiera Reagan o Bush se atrevieron a ensayar una invasión a la isla que odiaban.

Seguimos viviendo en el mismo sistema capitalista de 1917, pero resulta desacertado considerar que las situaciones de un siglo después, deben ser examinadas con el mismo criterio que Lenin empleó para su época y país. El sistema se ha desarrollado muchísimo más, el mundo actual es a todas luces más complejo que entonces, las clases dominantes también poseen su propia experiencia contrarrevolucionaria, hasta el proletariado es cualitativamente distinto.

Lenin no conoció el fascismo ni la doctrina de la seguridad nacional, no pudo teorizar sobre la crisis económica de 1929 ni la capacidad del capital para reproducirse y concentrarse aún más como consecuencia de ella. En el año 2008 tuvo lugar la más reciente crisis mundial del capital, pero pese a su profundidad y alcance, al contrario de lo previsto por los clásicos, estuvo aún muy lejos de representar el quiebre del sistema. El viejo edificio todavía parece firme.

Y eso no puede llamarse derrotismo. Los revolucionarios estamos obligados a reconocer la realidad para trazar nuestra línea de acuerdo con ella. No estamos viviendo una época de auge del movimiento revolucionario, como la producida en el planeta después de la segunda guerra mundial y el apogeo de la Unión Soviética tras su victoria. Éste significó una oleada de luchas por la independencia de los pueblos, por su democratización, por la revolución y el socialismo.

Vivimos en el período histórico que siguió al derrumbe de la URSS y el socialismo en Europa del Este, que abrió las puertas a la mundialización del capital y a sus políticas neoliberales. Vivimos en un momento de arrogancia absoluta del imperialismo. La capacidad y la rapacidad que éste ha demostrado para sojuzgar a los pueblos no pueden ser ignoradas. Estamos obligados a reconocer la desbandada, el reflujo del movimiento revolucionario en que nos ha tocado actuar.

Lo cual no puede interpretarse como el reconocimiento de estar vencidos, como piensan muchos de los que avizoran para ya una revolución anticapitalista mundial. Por fortuna, en todas partes del mundo sobreviven gentes y organizaciones dispuestas a no dejar morir la esperanza, empeñadas en sostener la vigencia de las causas de la revolución y el socialismo. Pero que por su propia experiencia entienden la necesidad de encontrar caminos distintos a los empleados.

Nos reconocemos como parte de esta ola que requiere fortalecerse y avanzar. En el mismo momento del desmadre revolucionario que siguió a la caída de la Unión Soviética, la Octava Conferencia Nacional de las FARC-EP lanzó al país su propuesta de reconciliación y reconstrucción nacional, que presentaba en forma más elaborada nuestro viejo planteamiento de solución  política al conflicto, en el marco de unas propuestas democráticas y antineoliberales.

A sabiendas de que los nuestros no serían los planteamientos inmediatos de revolución y socialismo, en un momento en el que tales palabras eran convertidas por las clases dominantes del mundo entero, y en gran medida asimiladas así por los pueblos, como experiencias dolorosas y fracasadas de las que era mejor olvidarse para siempre. Los revolucionarios estábamos obligados a sobrevivir y para ello era indispensable encontrar un discurso que tuviera eco en las masas.

La gente veía la caída del socialismo de esa manera, pero lo que vivía en sus propios países capitalistas era el fin del modelo de bienestar social, el cierre de una fábrica tras otra y su traslado al lejano oriente, la marea de despidos, la privatización de los servicios básicos antes en manos del Estado, la precarización de sus condiciones de trabajo, la quiebra de sus empresas ante la competencia extranjera liberalizada, su descenso social, una inseguridad abrumadora.

Para no hablar de Colombia, en donde además de esas nefastas consecuencias del modelo, los agentes de la economía subterránea del narcotráfico se apoderaban velozmente del Estado, e iniciaban en alianza con importantes sectores de los partidos tradicionales, una violenta arremetida contra quien se opusiera a sus planes.  El propio Estado no tardaría en aliarse con ellos  para combatir la insurgencia, otorgando estatus legal y social al paramilitarismo.

Éste, a su vez, resultaría más que funcional para los proyecto de inversión financiera trasnacional en materia de obras de infraestructura, mega minería y agricultura para la exportación, convirtiéndose en ejecutor de la más salvaje contra reforma agraria, despojando de la tierra mediante el crimen atroz a millones de campesinos bajo el plausible pretexto de que se trataban de colaboradores de las guerrillas antediluvianas que se negaban a rendirse.

Una organización revolucionaria tan experimentada y responsable como las FARC-EP comprendió que lo que correspondía al momento, era formular propuestas acordes con la trágica realidad que vivían los colombianos, antes que enzarzarse en acalorados debates acerca de la vigencia de la revolución y el socialismo. Aquí se percibió que lo que llenaría de pueblo la lucha por las más hondas transformaciones era la interpretación adecuada de sus más profundos anhelos.

Un pueblo asediado por la violencia estatal y paramilitar, víctima de los atentados terroristas ejecutados por las mafias narcotraficantes, amenazado a diario en las calles de pueblos y ciudades por los sicarios, acosado por las incidencias de una larga guerra interna de las que muchas veces resultaba afectado, y de remate actor pasivo de las crueldades de un modelo económico antisocial, tenía que aspirar hondamente a la paz y a un cambio a su favor en el país.

Las FARC tuvimos claro que esas eran las banderas a levantar en la Colombia azotada por el terrorismo estatal, paz, democracia y justicia social. Debíamos imprimir un enorme dinamismo a los clamores del pueblo colombiano por detener el terror de Estado, por abrir espacios que permitieran el ejercicio político a los de abajo, privados de sus garantías desde siempre por causa de la violencia oficial. Generar una conciencia general contra el neoliberalismo y su injusticia.

No eran propiamente las consignas de la revolución y el socialismo, pero estuvo claro para nosotros que de lograrse materializar, ellas generarían un inmenso protagonismo político y social a las víctimas del capital, les abrirían la posibilidad de organizarse y avanzar, de conquistar derechos y profundizar la lucha por ampliarlos. Las consignas de la vida, la tranquilidad, las libertades políticas, la tierra, el apoyo del Estado y demás, terminarían por convertirse en un huracán.

Pero no lo dijimos solamente en proclamas y conferencias. Lo defendimos con la fuerza de las armas. En el momento histórico en que todas las voces del Establecimiento y de sectores significativos de izquierda se empeñaron en convencernos de la de necesidad de desmovilizarnos, las FARC asumimos en su grado más intenso la confrontación militar, combatimos sin vacilaciones al Estado y el paramilitarismo, derramamos nuestra sangre y entregamos muchas vidas valiosas.

Fue ese heroico accionar el que consiguió arrancar al Establecimiento las conversaciones de paz del Caguán. Las mismas que el imperialismo y la oligarquía colombiana emplearon como un compás de espera para su rearme y cualificación militar,  a objeto de lanzar la más impresionante ofensiva de aniquilamiento contra nosotros. Y así lo hicieron, aprovechándose del anhelo de paz de un pueblo victimizado hasta el límite. Una tenaz campaña de difamación acompañó sus planes.

Entonces se sobrevinieron los diez años más incruentos de la guerra interna en Colombia. Norteamericanos, israelíes y británicos asesoraron y apoyaron con recursos, tecnología y ayuda militar al Estado colombiano. El paramilitarismo se convirtió en un monstruo despiadado con igual propósito. Nunca antes llovieron sobre las FARC tantas bombas y fuego, tanta sindicación venenosa, tanta manipulación internacional. Sin conseguir vencernos pese a los golpes recibidos.

En abierta coincidencia con nuestra lucha, se produjo el despertar de buena parte del pueblo de Latinoamérica y el Caribe. Sorpresivos y entusiastas movimientos de masas se fueron agrupando y conquistando gobiernos en países del vecindario. Chávez, Evo, Correa, los Kirchner, Lula, Lugo, Ortega, Zelaya, Funes simbolizaron y encarnaron la respuesta de los pueblos del continente a las políticas neoliberales y a las imposiciones por la fuerza del imperio.

Unos más radicales que otros, unos más comprometidos que otros con los sectores desvalidos, todos ellos conformarían una ola sorprendente en medio de la soberbia imperialista del gran capital que invadía y destruía países y culturas enteras para garantizar sus recursos y ganancias. Consignas y tácticas nuevas, fundadas en el accionar multitudinario de las masas, nos ayudaron a ratificar que estábamos en lo cierto, las revoluciones no volverían a tener los moldes clásicos.

El golpe del 11 de abril, fraguado en oficinas del imperio y planificado hasta en su más mínima perversidad en conjunción con los sectores reaccionarios de Venezuela, apoyado de inmediato por toda la derecha continental, se hundió ante los ojos de sus hacedores por obra de una espontánea y aplastante actuación popular que regresó al poder al Presidente Chávez. Si se lo mira bien esa fue una revolución que llevó al pueblo al poder, más que las elecciones de unos años atrás.

Ha sido nuestra resistencia armada, unida al clamor de millones de colombianos por la paz y el fin de las políticas neoliberales que amenazan hasta la existencia misma de la especie humana, la que conquistó el espacio de la Mesa de Conversaciones de La Habana. Y en ella hemos librado una batalla política de dimensiones históricas en aras de hacer valer nuestra idea de paz con justicia social y democracia. Los acuerdos firmados dan cuenta de ello.

Desde el comienzo del gobierno de Belisario Betancur las FARC-EP hemos trabajado de modo incansable por la consecución de una salida política al conflicto armado interno, a fin de democratizar la vida nacional, derrotar el terrorismo de Estado y enrumbar nuestro país hacia un destino distinto al impuesto por el capitalismo salvaje. Han sido 34 años de intensa confrontación militar y política, en prueba incontrastable de nuestra condición de revolucionarios consecuentes.

Dicha solución política requiere una dosis suficiente de realismo político. De marxismo aplicado a las condiciones colombianas en el momento presente. Formalizadas las garantías para el ejercicio político pleno, no sólo para nosotros sino para los movimientos políticos y sociales de oposición, comprometido el Estado a una campaña a fondo para la erradicación del paramilitarismo y sus inspiradores en la economía y la política, acordada una reforma rural integral, ¿qué sigue?

Ya se alcanzó un importantísimo acuerdo también en materia de víctimas, con un original sistema integral de verdad, justicia, reparación y no repetición, incluida una Jurisdicción Especial para la Paz elogiada por toda clase de expertos en el plano internacional. La ONU, su Consejo de Seguridad, la Unión Europea, UNASUR, la CELAC, el Vaticano y en general la comunidad internacional apoyan lo pactado y están dispuestos a colaborar para garantizar su cumplimiento.

Las FARC nos transformaremos en un movimiento político legal, conservando nuestra cohesión y unidad históricas, con todo el propósito de trabajar de manera amplia con las masas de inconformes en Colombia, por el cumplimiento de todo lo acordado en la Mesa de Conversaciones y al mismo tiempo por su profundización. No hemos abandonado ni abandonaremos nuestras convicciones ideológicas y políticas por la revolución y el socialismo.

Sólo que trabajaremos por estos últimos de manera acorde con el contexto del mundo contemporáneo, extendiendo nuestro abrazo solidario a todos los partidos y movimientos revolucionarios del mundo. Resulta imposible, dada la objetiva correlación de fuerzas, pensar en seguir sosteniendo nuestra lucha armada en las nuevas condiciones de legalidad y garantías. La dejación de armas es la conclusión final de todo lo conquistado por ellas y la fuerza de masas.

Entendemos la inconformidad expresada por algunos sectores radicales, pero no la compartimos. No somos de los que pensamos que la revolución cubana ha entregado sus banderas y su modelo socialista en aras de la normalización de las relaciones con los Estados Unidos. Confiamos en ella, en su pueblo y en su historia. Los tiempos y las condiciones cambian y es necesario actuar en consonancia con ellos y los pueblos. Como buenos comunistas, Cuba y nosotros lo sabemos.

Las vías para la revolución y el socialismo siguen aún siendo exploradas por los revolucionarios de hoy. La historia no se detiene porque la lucha de clases late en su interior con más fuerza que nunca. Es cierto que David logró vencer a Goliat con una simple honda, pero no puede olvidarse que aquello no es más que un mito religioso, que detrás de cada uno de ellos había grandes pueblos y que sólo el movimiento correcto de ellos pudo haber originado la victoria.

La Habana, 5 de julio de 2016.

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Un comentario to “A PROPÓSITO DEL ARTÍCULO DE GABRIEL ANGEL (militante de FARC):”

  1. […] A PROPÓSITO DEL ARTÍCULO DE GABRIEL ANGEL (militante de FARC): […]

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